Tema: ¿Estás preparado para prender tu lámpara?

Mateo 25 1-12:

Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.

A veces pensamos que decir que creemos en Jesús, y que viene por su iglesia, es suficiente para tener la salvación. Sin embargo, la misma palabra de Dios nos enseña que no todo el que diga Señor, Señor, será salvo. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” (S. Mateo 7:21-23 RVR1960)

Tenemos que entender que no somos salvos cuando decimos creer en Jesús, sino que somos salvos cuando creemos verdaderamente en Jesús. Creer en Jesús conlleva cambios en nuestra manera de vivir y ver al mundo. En otras palabras, los hijos de Dios tratan de no hacer las cosas que están mal delante de su Padre. Tampoco justifican sus malas acciones. Más bien, se arrepienten y continúan buscando en la palabra de Dios qué hacer para agradar a su Padre y no a ellos mismos. Son prudentes y buscan tener el aceite para que sus lámparas estén encendidas.

Me entristece, en gran manera, conocer a mucha gente que dice creer en Dios, pero no creen en la Biblia tal y como está escrita. Dicen que aman a Jesús, pero no obedecen su palabra. Otros dicen conocer su palabra, pero en vez de ser luz en medio de las tinieblas, se volvieron tinieblas haciendo y creyendo lo que todos hacen o creen en el mundo. Mi pregunta es: ¿a quién aman? ¿A Jesús o a las cosas de este mundo? ¿A Dios o a ellos mismos?

¡Yo era esa persona! Hoy muchos de mis amigos y familiares pueden confirmar que, aun siendo criado desde niño en el evangelio y teniendo conocimiento de la Palabra de Dios, caí en las cosas que ofrece este mundo buscando satisfacer mis deseos y no los de mi Padre. Gracias a Dios y su misericordia, así como dice su palabra en proverbios 22:6, regresé al camino y hoy no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y esa afirmación ha conllevado a muchos cambios en mi estilo de vida, creencias, costumbres y otras cosas en mi vida. Yo no soy perfecto, pero puedo afirmar con autoridad que no estoy buscando satisfacer mis deseos o necesidades. Trato con todas mis fuerzas de satisfacer los deseos de mi Padre y de mi Salvador. No es fácil entrar al Reino de los cielos. El mismo Jesús dijo:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (S. Mateo 7:13-14 RVR1960)

Saben algo, todos tenemos una lámpara que debe estar encendida siempre esperando el regreso triunfal de nuestro Señor Jesucristo. En ocasiones, mientras esperamos, así como las vírgenes, podríamos quedarnos dormidos. Por esa razón, debemos estar preparados teniendo el aceite para que podamos levantarnos y encender nuestra lámpara y recibir a nuestro Señor.

En la palabra de Dios se hace mucha mención de la luz. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.” (S. Mateo 5:14 RVR1960). Jesús dijo que nosotros, sus hijos, somos luz en este mundo, pero ¿quién enciende la luz en nosotros? “Porque el Dios que dijo: “Que brille la luz en medio de la oscuridad,” brilló en nuestros corazones para iluminar el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo.” (2 Corintios 4:6 VBL) Otra vez Jesús les habló, diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (S. Juan 8:12 RVR1960) O sea, que Cristo enciende la luz en nosotros cuando creemos en Él y le seguimos.

Entonces ¿quién mantiene la luz encendida? “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días, pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”  (Hechos 1:4-5, 8 RVR1960). El Espíritu Santo nos da poder y nos alumbra para que seamos testigos de Cristo en todo lugar donde estemos. 

Pues nosotros dentro de nuestro corazón tenemos la lámpara, que es Cristo. Y nuestro cuerpo, que es templo de Dios, necesita aceite para mantener la luz de Jesús en este mundo. Ese aceite es el Espíritu Santo, el cual hace que podamos seguir alumbrando aún en medio de la oscuridad del mundo, para que la gente pueda ver a Dios en nosotros y ser salvos por Él.

Si todavía no has creído verdaderamente en Jesús como tu salvador, en este día quiero decirte: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. (S. Juan 3:16-18 RVR1960)

Si has creído verdaderamente en Jesús como tu Salvador, entonces te digo que: “es Dios quien obra en ustedes, creando la voluntad y la capacidad para hacer lo que él quiere que hagan. Hagan todo sin quejarse o discutir para que sean sinceros, inocentes de cualquier mal. Sean hijos irreprensibles de Dios en medio de un pueblo deshonesto y corrupto. Brillen entre ellos como luz del mundo, mostrándoles la palabra de vida. ¡Así tendré algo de qué enorgullecerme cuando Cristo regrese, demostrando que no anduve de aquí para allá trabajando en vano!” (Filipenses 2:13-16 VBL)

¡Les invito a morir a nosotros, para vivir en Cristo Jesús Señor nuestro!

“Vístanse y estén listos, y mantengan sus lámparas encendidas,” (Lucas 12:35 VBL)

¡Qué Dios les bendiga¡

Con mucho amor,

A. Lamboy

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